Actualmente, Colombia enfrenta una preocupante realidad: la creciente escasez de mano de obra en el sector agrícola. Según proyecciones oficiales del DANE, se estima que para el año 2040 menos del 20% de la población colombiana vivirá en zonas rurales. Esta situación obliga a plantear una cuestión crítica sobre el futuro del campo colombiano: ¿debemos cultivar utilizando tecnología o preservar la tradición de la mano de obra agrícola?
Es indudable que la industrialización agrícola, basada en tecnología avanzada, representa el futuro del sector a nivel global. Sin embargo, en el contexto colombiano, esta transición enfrenta múltiples desafíos. Problemas estructurales como la deficiencia en infraestructura vial, dificultades en el acceso a materias primas y las constantes fluctuaciones del peso colombiano frente a otras divisas, limitan significativamente la capacidad del país para ser competitivo internacionalmente.
En este contexto, resulta razonable apostar por mantener una contratación tradicional, respaldando el trabajo humano agrícola y fortaleciendo el tejido social rural. El trabajo agrícola colombiano ha sido históricamente transmitido de generación en generación; los padres y familiares mayores enseñan a los más jóvenes no solo técnicas, sino valores culturales profundamente arraigados en nuestra identidad como nación agrícola.
Sin embargo, esta transmisión tradicional del conocimiento enfrenta actualmente un desafío significativo desde organismos internacionales, especialmente desde la Organización Internacional del Trabajo (OIT). Las políticas restrictivas frente al trabajo infantil, aunque bienintencionadas y necesarias en la lucha contra las actividades ilícitas y la explotación infantil, han terminado afectando negativamente prácticas culturales legítimas, donde la familia transfiere conocimientos agrícolas a sus miembros más jóvenes como parte integral de su desarrollo y formación profesional.
Esta situación debe revisarse desde una perspectiva crítica y constructiva. Si bien el trabajo infantil ilícito y la explotación deben ser tajantemente prohibidos, también es necesario reconocer y proteger las prácticas culturales agrícolas legítimas, esenciales para mantener viva nuestra tradición campesina.
Por otro lado, aunque el gobierno nacional ha adelantado políticas desde el año 2024 para fortalecer los territorios campesinos, falta aún una clara planificación rural desde el Ministerio de Agricultura. Es imprescindible que se establezca una ruta clara y una efectiva medición del impacto de estas políticas para mejorar significativamente la calidad de vida de los campesinos y definir una posible vía hacia la industrialización agrícola. La cooperación efectiva entre los sectores público y privado será clave para avanzar en ambas direcciones.
En conclusión, la respuesta al dilema entre tecnología y tradición en el agro colombiano no debe ser excluyente. Colombia necesita preservar la riqueza cultural de su tradición agrícola, asegurando una transición tecnológica gradual, sostenible y respetuosa de su contexto social, económico y cultural. El futuro del agro colombiano dependerá de cómo conciliemos la necesidad de modernización tecnológica con el fortalecimiento y protección de nuestras tradiciones agrícolas familiares, garantizando así un sector agrícola competitivo, inclusivo y orgullosamente colombiano.

